Instrumentos nativos y mestizos en las nuevas músicas.

(texto presentado en la mesa del mismo nombre del  Primer Seminario de Nuevas Músicas Latinoamericanas)

 El problema de utilizar instrumentos nativos es un problema que comienza por lo pragmático: Hay toda una serie de preguntas bienintencionadas, que buscan acercarse con respeto a instrumentos que tienen una tradición propia con la intención de posibilitar su uso dentro de nuestros contextos. El trabajo con estos instrumentos es complejo, las precisiones parecen esquivarnos constantemente y los instrumentos mismos a veces se no escapan de las manos, las mismas discusiones y preguntas se repiten continuamente sin solución aparente.

Una de las primeras cuestiones, es si podemos utilizar con estos instrumentos las mismas técnicas de los instrumentos occidentales. Los instrumentos nativos, e inclusive los mestizos pertenecen a otro horizonte cultural, y utilizar la técnica de instrumentos occidentales es avanzar sobre ellos de una forma colonialista, negándoles su derecho como productos de una cultura con reglas propias. La siguiente pregunta entonces es ¿hay alguna técnica posible? ¿Podemos generar nuestra propia técnica?

 La técnica proveniente de los instrumentos occidentales, como ejercicio y entrenamiento, apunta a la destreza, el virtuosismo, que en última instancia es dominio del instrumento, porque mediante su correcto manejo estas “herramientas de la música” se encuentran disponibles para cualquiera que desee tocar o escribir, de forma sencilla y con una cierta estandarización, pero abarcando un amplio espectro de timbres, dinámicas, alturas, etc. Esta técnica que para occidente es tan inocente, limpia, aséptica, tan óptima para los compositores y los instrumentistas, no es tan solo colonialista en tanto que aproximación técnica, sino que esconde que la disponibilidad misma del instrumento proviene de una cosmovisión donde el espacio concebido como extensión y el tiempo pensado de forma lineal se encuentra poblado de objetos más o menos a nuestro servicio. El homo Faber (el hombre que hace) es el sujeto por excelencia de tal mundo. Y aquí surge el problema con los instrumentos nativos: esa estandarización de la técnica no sucede en ellos tan fácilmente, no solo porque su construcción no responde a los parámetros de lo técnicamente reproducible (lo industrial), sino especialmente porque los instrumentos nativos no son objetos, y el hecho de no provenir de esta cosmovisión espaciotemporal, los anula también como disponibles. Detrás de la concepción de los instrumentos nativos como objetos culturales, se esconde el último reducto de autocolonialismo que consiste en pensar que poseen una historia, una técnica propia y que podemos en definitiva hacer música con ellos.

 Los sikuris del norte argentino, cuando no consiguen la caña necesaria para la fabricación de sus instrumentos los hacen de caños de pvc ¿es que no les preocupa la tradición a esa gente? ¿Es que las culturas originarias están en decadencia por su prolongado contacto con occidente? ¿O es simplemente que para ellos el sikus no es tanto un objeto como una práctica viva que se adapta mutando? En lo que algunos ven decadencia o pobreza podemos elegir ver la astucia de una cultura que resiste a la globalización, que muta sus prácticas y se nos niega.

 Desde este punto de vista, no importa tanto la elección de utilizar o no vibrato, semitonos o multifonicos, hacerlos cromáticos o diatónicos, temperados o no temperados, sino que la pregunta que se sitúa antes y de forma más fundamental y tal vez mas inaccesible, la pregunta se dirige a dilucidar si podemos abordar una relación con ellos en tanto sujeto- objeto sin destruirlos. Los primeros musicólogos en estudiar el folklore latinoamericano se enfrentaron a estos instrumentos nativos con un cierto desprecio, porque aparecieron ante sus ojos como precarios, rudimentarios, pobres. En un sentido opuesto nosotros intentamos establecer un rescate e incorporarlos con todo su valor a nuestras prácticas, pero a menudo caemos en la misma trampa de siempre, solo que en un sentido opuesto. Los musicólogos que vieron pobreza tenían razón, su problema más bien radicaba en que fueron incapaces de percibir que el fenómeno de la música nativa escapaba a lo objetual. Nosotros nos situamos en el otro extremo, pero al considerarlos bellos seguimos centrados en el fetiche del objeto.

 Renunciar a la disponibilidad tecnica, es en todo caso el primer paso que implica, no solo producir otro tipo de sonido, sino establecer otra relación con el instrumento nativo que desdibuje al menos su situación actual, en pos de un encontrarse con otro (que ya no es tan solo un objeto sino toda una cultura, de la cual a veces solo quedan retazos) y que puede, en cualquier instante, fallar, resistirse, negarse como disponible. Porque a raíz de nuestro mestizaje habitamos la tensión constante de participar en un sentido de un estar como nativos, pero también en otro sentido del ser en parte colonialistas, de forma que el hecho de tocarlos nos enfrenta con un otro, mediado por un abismo, una falla insalvable, consistente en esa tensión que instaura la convivencia de dos cosmovisiones contradictorias.

 En lo que para algunos puede significar incapacidad, pobreza, falta de seriedad o de profesionalismo, está el respeto por una práctica viva, está la cuestión del otro, de la imposibilidad, el abismo que separa los horizontes culturales y las tensiones que esto genera. Si continuamos buscando la música latinoamericana desde nuestra idea de músico profesional que somos terminamos por destrozarla condenarla a una herencia cristalizada en objetos del pasado. Creo que no es necesario buscar demasiado, la música latinoamericana (y Latinoamérica en general) están aquí mismo, siempre presentes y siempre diversas, solo que nos fallan las herramientas para verla, porque abandonamos los paradigmas musicales pero no el trasfondo ontológico que sustenta nuestra práctica. Queremos encontrar desesperadamente un aura de pureza, un lugar en una historia propia, un objeto al cual adosar viejas creencias de que puede existir algo así como una música mejor que otra. Pero la cruda realidad latinoamericana nos traiciona porque aquí habita la pura mezcla, lo mestizo, la falla. Las prácticas profundas no se dejan aprehender con nuestras pretensiones y atentan seriamente no solo con la música en un sentido estético, sino también con la consideración del músico como sujeto, porque son sencillas, pobres para nosotros que estudiamos y conocemos tanto.

 Ahora ¿Qué implicancias tiene en nuestra práctica musical el hecho de intentar el abandono de lo objetual? ¿Estaríamos dispuestos a decir que no dominamos el instrumento? ¿Que no hay técnica que nos prepare para el hecho de hacerlo sonar? ¿Qué esencialmente podemos errar y arruinar una obra, porque aun así nuestra familiaridad con él sea fructífera cotidianamente, siempre nos dejara un resto donde puede suceder lo inaudito, el quiebre? Por otra parte: ¿estarían dispuestos los compositores a escribir obras para músicos que no dominen el instrumento, que no toquen lo que se les escribió, que se equivoquen? Son estas cuestiones complejas, con las que me enfrento diariamente y que tal vez no tengan una resolución, porque en el fondo el intento de resolverlo sea una nueva pretensión ontológica que a la que no sea posible llegar.

 Por otra parte, la recompensa de este intento siempre tensionante, puede radicar en que con la desobjetualizacion se abra la posibilidad de usar no solo “instrumentos nativos” sino todos aquellos que estén presentes en nuestra cotidianeidad, pero ya desde otro lugar, que implique una aproximación desde Latinoamérica como práctica, cerrando así un circulo y permitiendo incorporar como “tradicionales” no solo aquellos objetos a los cuales les reservamos un lugar en este recorte de la historia, sino a también a todos los que conforman el entorno actual y que a menudo son relegados por nuestra neurosis ontológica debido a que cuestionan nuestra concepción de objetos tradicionales y no tradicionales. Esto abriría la posibilidad de un instrumento mestizo, en el que un objeto de occidente sea subversionado desde una forma de estar en Latinoamérica, y también una nueva concepción de lo tradicional en el sentido más original del termino (tradere), que significa entregar, no solo como trasmitir o recibir sino también de entregarse uno mismo al horizonte simbólico que se habita y establecer un dialogo con el otro, tanto el que está antes, como el que está a nuestro lado y también con aquel que seguirá después de nosotros.

Valparaiso, mayo de 2014.

 

Anuncios